La imagen de Lara Croft es un ícono de la cultura pop y un símbolo de empoderamiento femenino en los videojuegos. Sin embargo, el personaje que protagonizó Tomb Raider en 1996 estuvo a punto de no existir. La historia original giraba en torno a un aventurero masculino inspirado directamente en Indiana Jones, con sombrero y látigo incluidos.
Fue Jeremy Smith, cofundador de Core Design, quien pidió más originalidad. El artista Toby Gard observó la popularidad de los personajes femeninos en arcades como Virtua Fighter y comenzó a diseñar prototipos de una heroína. Tras varios ajustes —y descartar modelos musculosos o de rasgos asiáticos— surgió la figura que hoy reconocemos.
De “Laura Cruz” a “Lara Croft”: un cambio de identidad
El primer nombre elegido fue Laura Cruz, vinculado a una trama sobre la búsqueda de su padre en ruinas sudamericanas. Pero al trasladar su origen a Reino Unido, el equipo buscó un apellido inglés. Paul Douglas, otro de los creadores, explicó el cambio:
“Lara tenía una derivación más interesante que Laura. Proviene de Larisa, que en griego significa ‘ciudadela’ —ideal para su personalidad enigmática. Cruz se cambió a Croft gracias a la guionista Vicky, inspirada en la guía telefónica de Derby. No estaba tan lejos pasar de Cruz (‘cruz’ en español) a Croft [que evoca una granja o finca]”.
El legado de un cambio decisivo
Huellas de “Laura Cruz” permanecen en archivos de desarrollo y material promocional temprano, evidenciando esta transformación. Lo que comenzó como un proyecto derivado de Indiana Jones se convirtió, gracias a la insistencia en la originalidad y una serie de ajustes clave, en la piedra angular de una franquicia que redefinió el rol de la mujer en los videojuegos. Lara Croft no solo conquistó tumbas: conquistó la industria.





